I
Miento, digo que me puedo salvar aunque un leopardo en el corazón raye esta jaula.
La cacería fue el insomnio con un collar de luces para tu sombra.
Venga la verdad, que venga.
Ya no puedo salvarme de los huesos de la palabra. No escapo de sus frutos salpicados de nieve.
Un llanto de oro nos ilumina. Se desprende de tu sueño, ahí te busco,
sin sandalias, desde el primer apocalipsis.
Alguien mastica la rosa que muere; es el leopardo, me persigue.
No quiere ser un corazón abierto, un astro caído, un poema nervioso dentro de la jaula.
II
Llegué tarde a recoger la estrella.
Sálvame de la vigilia. Aléjame del tiempo espeso y la lluvia.
Alúmbrame. Vuelve a dejar una antorcha en el camino donde las flores marcaron el rumbo.
Aquí está mi cintura cansada; allá tienes la oscuridad y el recuerdo.
Aquí el ensayo, el olor de la barranca violeta. En su nombre arde la golondrina en mi nuca.
El sueño cambia los paisajes del mundo, es una nave de pólvora en el cielo.
La tarde me quiere tragar. Ven y evítalo.
III
La libélula imitó un vuelo de esquirla secreta.
Ahora que es todas las libélulas de las fuentes azules
y que mi luz te deja mudo y la sombra sabe escarlata;
ahora que rompo este verso como si fuera un origami alado,
te digo que abro los ojos y la libélula se vuelve mujer, una entre cerezos
y pagodas, un otro yo con sinestesias.
IV
¿Qué será del todavía de Vallejo y Gonzalo con estas manos pequeñas?,
¿beberé suficiente rocío para decir que el aire no habla de lágrimas,
que tanto granizo no hirió el mundo,
que la rosa resistió a la vista del aguacero,
qué no tuve por qué confiar en la máscara?,
¿qué será del todavía?
Para dejar a bordo del corazón cada respuesta es preciso el verano de Vallejo
y la orquídea hilarante de Gonzalo y una sonrisa solitaria,
un aleph en el jardín que te habló de la quietud como la lepra.
En todas partes hay un todavía.
El futuro es como tú, un animal hermoso, todavía.
V
Hay una amapola negra debajo de la almohada,
es la brújula que dejó el ángel del espejo para recordar a un alquimista y tutor,
para pensar en el oro cuando era líquido y lentamente crecían, para dártelos,
estos fuegos ulteriores , estos libros que nos marcan.
VI
Esa muchacha despierta antes de las ocho para escribir un poema de amor.
Lo trae caliente desde el sueño, lo arropa, lo examina.
Pero duda del mensaje y la nube aún con luciérnagas.
Duda de la entrega que debe ser dosificada y el trapecio de su número.
Es la otra muchacha quien mueve los dedos para disparar contra del destino.
No yo.
Estas palabras no son para ti porque pueden enfermar los girasoles,
porque escapar es la ocupación de la zorra y en cada madriguera
tengo un cachorro robusto, un motivo para un poema de amor.
VII
La mañana es un vicio claro, una costra dura y más neuralgia.
La mañana es un volcán en la vida aunque la lumbre del círculo esté ahí.
Brincaré. Te enterarás.
Luego se va a invertir el orden de la mañana y lloverá despacio
sobre la más estéril de las preguntas, sobre un lecho con magnolias tristes.
Me quedaré a la orilla, buscaré un rincón con la última frase del cielo y sus palomas.
A la orilla, con la luna que roza esta mañana.
VIII
Porque despierto, he ahí la cuestión, despierto.
IX
No dormí. Toda la noche espanté al fantasma de la nieve y en otra vigilia, a la misma hora, tuve
que pelar contra unas fieras. Hernández me prestó el cuchillo:
El suicida es la viva imagen de la soledad.
Nadie acude a ese trozo de hielo que una bala
cruza de polo a polo.
Aun en los trópicos, cuando alguien se suicida,
comienza tristemente a nevar.
He aquí que nadie muere. El ardor de los ojos frente al mundo nos revive.
Hay magnolias, libélulas, brújulas, mañanas y cachorros, hay todavías.
Escampa. Los leones se cansaron. Dejo para ti, sobre la mesa donde escribes, sus melenas.
miércoles 25 de noviembre de 2009
miércoles 11 de noviembre de 2009
Diálogo con una paria
Sólo está el monte, Flora, y esos pétalos lívidos con que se alimentan los venados en el día más solo del mundo. El sol alumbra este abandono musical, muy evidente para el ave de mi nuca cuyo paisaje es una caja de luz, de sonidos opacándose en noviembre, como la ciudad que me rechaza, como el recuerdo, Flora, que menstrúa a la orilla.
Recordar la llama
Nos podemos quedar atados a los viajes o la idea de pasear cuando queremos irnos. También permanecemos amarrados a cierta canción si la tonada explora aquellos territorios que no logramos ver. Quedarse prendido a una memoria y sus sensaciones inflamadas, sea cuál sea argumento, es una ocupación delincuente. La pasión con que los seres humanos recuerdan es el origen de un delito que viola las normas de la serenidad. No hay justicia en la memoria, por más dulce que ésta brote. Al olvidar, sin sospecharlo, sobrevive el dejo acerbo del tiempo ido, el de la perdida con sus flecos abandonados por el aire como si la cabellera de infinitas alegrías quedara finalmente sin su centro.
Sin embargo, otros pueden pensar que sí es justo el recordar puesto que como la vivencia ya no se repite, de algún modo debemos retener esos minutos, darles cuerda con los mecanismos misteriosos de un poema, una carta, una conversación o, simplemente, el silencio agridulce de camino al trabajo, la escuela o el sueño. Ningún otro recorrido como el de quien se acomoda en la cama para dormir solo, es más afín a la memoria. Freud aseguró que recordar es olvidar como si el primer verbo de esta frase actuara a la manera de un catéter, como si el resultado de pensar sin tregua en algo o en alguien, nos dejara limpios.
Ayer leí esta confesión: "Bienaventurados los que olvidan porque ellos tendrán esperanza". No supe qué responder. Es un hecho que el desencanto parte de amarguras pretéritas, esos sinsabores inolvidables cuya cicatriz nos advierten de lo que podría pasar si repetimos nuestro proceder. Pero, ¿qué es el ser humano sino un animal que da vueltas sobre el mismo modo de nunca aprender a esperar la muerte? Los "no debería ser así" son buenas intenciones que como sabemos, no resultan disuasivas. Nos quedamos atados a ese perfume, esos ojos y esa voz en contra de la memoria que no existe mientras los sentidos registran la fragancia, el color de las pupilas y el timbre de las frases. Nos cuesta admitir que todo eso será, en breve, un conjunto de recuerdos. La verdad es que sí podemos saber por adelantado qué chispa del ahora, por la histórica magnitud que entraña, por el fuego de San Telmo que revierte, alimentará la hoguera de un recuerdo inagotable.
domingo 8 de noviembre de 2009
¿Cómo voy a escribir ahora?, ¿desde dónde? Soy capaz de aplaudir ante los versos de los poetas rabiosos, marginados, señalados por la blandura canónica y su lengua que ha venido a besarme, a seducir la resistencia de mi devenir periférico, a decirme que el perdón es una noche con sombras afelpadas, que cicatrizando todos los cielos la oscuridad nos derrite. Ladrarle a la luna sí es poesía y sacarle brillo, dejarla sin nubes, también. Sé que no puedo estar en medio. Duele.
martes 27 de octubre de 2009
Nos sorprendió el rocío dando vueltas en picada. No sé si los demás notaron que esta llovizna trajo el color de las flores con sus caperuzas celebrando la muerte. Vi la humedad siguiendo al viento y no quise unirme a esa belleza. Los cazahuates despertaban otra vez.
lunes 26 de octubre de 2009
Nada debería suceder demasiado rápido. Las nubes lo saben. También estos caminos que las gaviotas fundan en el viento.
Nada debería terminar a golpe de gotas y mercurio cuando la noche se abandona a la temperatura de adioses promisorios.
La lluvia nada trae de vuelta. Sus espejos se encajan en el instante que multiplicó su ternura meciéndose como las hojas de la ceiba, como una diminuta corola a punto de caer aquí, en un parque donde todo ocurre demasiado pronto.
domingo 25 de octubre de 2009
Bancos de arena plateada
Porque no estás aunque te encuentre al otro lado del agua, de las naves que aparecen al interior de tus libros. Porque tuve que dejarme morir con los labios resecos para el mundo cuando más brillaba el sol en noviembre. Porque lo tengo que explicar ahora, con nuevos pañuelos agitándose como golondrinas en la playa. Sí, leí esos versos y los papelitos que ibas dejando por ahí cada vez que venías. ¿Oreabas tu corazón o el olvido? Nunca pude ser esa presencia, ese cuerpo de sombra larga, larga, en Santa María; esa otra que escucha porque los muros no contienen las frases, las casas no son diques. Qué voy a hacer yo sin ellas, las palabras de tantos colores prohibidos, una vez que todo esté consumado y me pongan junto a la ventana de un sanatorio donde vive un segundo sin ti y éste se repite en su unidad desmedida millones de veces, de más segundos mientras la vida descansa porque te han colocado una etiqueta. Es tan sencillo decir que soy judía como asegurar que ya estoy loca.
El tiempo es eso, una persecución constante. Yo ya no puedo con estas páginas en la mente, en mi pecho multiplicándose como una extraña plaga de Egipto aquí en Uruguay. Cuando leas esto pensarás que maté el encanto escribiendo un nombre, renunciando a la sugerencia, al aroma de una metáfora que el lector sabe descifrar como un perfume y sus llaves con vista a todos los recuerdos. Pero el adiós es así, una revelación en la mayoría de los casos fatal. Pero no es eso lo que cae ahora en forma de copos y letras desde el cielo donde escribo para tu aire enrarecido de madera, de sueños nunca realizados. Aquí estoy, corro, corro, corro. Si me detengo con estos dedos manchados de tinta, alguien me alcanzará.
Me duele tener que hacerlo sola, lejos de tu abrazo y el beso cuando trina la mañana. No es un capricho. Soy más que un ser alimentándose de ayeres con jacarandas en los parques y sus libélulas infinitas protegiendo el momento. Sabes que te compartí porque quise. También te dejé flotar como deseabas en esa niebla del puerto solo como cada silencio y su envoltura de estaño. Pero tengo que abrir el baúl, quemar las cartas y entenderlo: soy yo quien detiene la clepsidra que inventaste. Ya no quiero contemplar el caballo de un poema. Es esto o asistir a la lividez que el tiempo irá heredándonos, a esa transparencia de fantasma en cada uno de los cuentos perdidos. Si el adiós es el estado más puro, no te aflijas. Opté por el cautiverio a plena luz, por el encierro del constante espacio al aire libre que es la muerte.
Por favor no vuelvas con tus anteojos manchados de ansias, de un fragmento terrible, hermoso, que acabas de escribir en el café de los martes. No toques el portal para venir a revelarlo, a que te siga con mis ojos ciegos ante el resplandor de tu prosa. No te abriré, Onetti, porque esta noche me voy de tu novela.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)